Binómio fantástico

Puedo partir de un supuesto: la memoria construye con materiales de acopio provistos por la experiencia directa -o intermediada- de los fenómenos cotidianos. La idea de acopio me sirve para entender ese procedimiento involuntario –salvo que nos impongamos memorizar – cuya única razón parece radicar en el registro y conservación de porciones de una realidad presente obligada a desvanecerse apenas sucede; el presente es la forma extrema de la especie tiempo en peligro de extinción.

Puedo obligarme a mantener irresuelta mi propia duda: ¿apela el artista a los materiales acumulados en esa región lejana de su memoria? o ¿son los acopios del pasado – excesivamente repetidos o semejantes- los que pugnan por visibilizarse en un nuevo presente?. La segunda alternativa me impone repreguntar: ¿son solo las experiencias traumáticas las que presionan por externalizarse de forma sublimada y constituirse en componente articulador de la obra o de igual modo pueden las experiencias no conflictivas viajar desde la reserva subterránea de la memoria hacia la superficie de materialización artística?.

La serie de dibujos de Cesar Núñez podría, quizás, proporcionarme posibles respuestas a estos interrogantes. Confieso que puesta sobre el tapete la disyuntiva entre certezas forzadas o incertidumbres espontáneas opto por las segundas en tanto y en cuanto me ofrecen el valor agregado de la operación subjetiva que puedo poner en marcha frente a cada parcialidad de esta serie.
Vistas y vueltas a mirar entiendo que estoy frente a individualidades colectivizadas. Cada pieza se expresa con la autonomía suficiente como para inducirme a diferentes viajes posibles pero el conjunto de la serie me moviliza en dirección a una probable construcción de sentido. ¿Se devalúa mi experiencia como espectador si no lo consigo?. No, al menos la mía no.

La multiplicidad de figuras y situaciones, la alternancia de tratamientos – plenos compactos, plenos por línea de valor y transparencias-, la reverberación visual de composiciones heredadas de la historieta y el dibujo animado, la impregnación del trazo arquitectónico, la mixtura que replica la tridimensionalidad onírica, la incomunicación generacional, la empatía entre seres diferenciados al extremo, la iconografía objetual y fisonómica que remite a determinada pertenencia de clase, la urbanidad como impulsora del amontonamiento en el centro del vacío y todo aquello hecho explícito o no por el artista y que solo puede ser percibido por las categorías bajo las cuales las subsume cada observador, todo esto me pertrecha lo suficiente como para no buscar ningún otro recurso de captación y pararme temporariamente frente a estos planos de papel entintado tratando de recuperar la irracionalidad que la serie parece reclamar.
La línea de la realidad se diluye abriendo paso a la fantasía, entablando un dialogo entre lo real y lo ilusorio donde los personaje habitan un espacio en permanente construcción en donde fantástico y lo real pelean por equilibrio; espacios urbanos, arquitectónicos y naturales entran en diálogo con personajes absurdos, niños y adultos.
Lo dibujos vislumbran lo cotidiano, la memoria emotiva, el juego y el universo fantástico.

Adrian Airala / Dramaturgo